LOS PREMIADOS de GUKA MICRORRELATOS 2011

1er. Premio:  Marcos Silber

2do. Premio:  Rodrigo Moral

3er. Premio:  Mónica Angelino

Mención de Honor: Ricardo Lewitan

Mención de Honor: Gloria Arcuschin

Mención Especial: Estefanía Ledesma

El viernes 5 de agosto de 2011 se entregaron los premios en la Sala Augusto Cortazar de la Biblioteca Nacional, Agüero 2502, CABA.

Primer Premio:

DEL  AMOR  QUE  NO

Luz de misterio había en los ojos de ella, y había como una belleza entristecida. Un rubor de angel rodeaba su boca y como un tul de aire había, y había una máscara de nada que perturbaba.  Cada día el  cumplía el ritual del encuentro. Al pie de la gran pantalla publicitaria, el espacio del reino de ella, el se detenía para celebrarle el encanto y avisarle las indomables hogueras de su corazón. Cada  día, al pie de la gran imagen, el repetía sus sueños y repetía su ofrenda.  Solo el, cada dia, capturaba  las señales  de la boca y las señales de los ojos de ella, y ponía a los pies del altar, promesas de ternuras y amparos y abrigos y agasajos de nunca  acabar. El amor, toda vez, y mas y siempre. De dolor, de imperceptible dolor resulto el día en que, como hamaca del cielo descolgaron la imagen de ella. Tan imperceptible como la misma lágrima que por mitades se despeñó de uno de los ojos de ella y de uno de los ojos de él.

Marcos Silber

———

Segundo Premio:


El agua sube ochenta escalones y luego cae en cascada. Un cuenco lleno
de retazos de campo se empapa de sabiduría. La espuma es como el
amanecer que sube y regocija el alma. Cada sorbo es un beso a la
tierra. Cada intento por volver eterno ese paisaje es en vano: un buen
amigo es el de visitas cortas. La fría taza de porcelana mira cómo el
hombre ceba el mate y lo detesta.


Entré a la pescadería y miré la oferta. Me impresionaban esos cuerpos
sobre el hielo y sus ojos gelatinosos. Pero solo unos me llamaron
poderosamente la atención. Eran azules. Pagué y me terminé llevando la
sirena. Lástima haberla conocido en estas circuntancias.

                                                                                               Rodrigo Moral

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Tercer Premio:

Descontento

Para Juanito, el basural era su mundo de magia, su paraíso, su isla, su caja de sorpresas.
Su papá (que alguna vez se retrato con él vestido pobremente junto al resto de la familia) era muy conocido fuera del barrio. Muchos lo admiraban pero él no estaba seguro de quererlo.
Los padres de los demás chicos se esforzaban por sacar a sus hijos de la miseria, de la laguna contaminada, del chatarrerío. El suyo, en cambio, nunca hizo nada para sacarlo de ahí. ¡Ni pintado lo sacaría!
Había días que el hambre ponía todo negro, más negro que el humo de goma quemada y entonces, sin magia, el basurero era nada más que un basurero de pobres revolviendo latas.
Días en que la panza de Juanito hacía más ruido que tambor de piquete.
Entonces, con tal de comer, era capaz de hacer cualquier cosa para comerse un reto y así, de la rabia, olvidar el hambre.
Por todo esto, Juanito no podía querer a su papá Antonio como sus amigos querían a sus padres, menos, cuando siendo un hombre, pudo ver como su creador vivía vendiendo cuadros que mostraban la injusticia social pero que a él, su hijo, lo condenaban a ser, para siempre, nada más que Juanito, el pibe del basural, el de la laguna.
                                                                                                                            Mónica Angelino
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Mención de honor:

El niño del cielo

-No es cierto. ¡No es cierto!
-No me importa lo que digan…yo lo vi con mis propios ojos. Él estaba ahí y no es la primera vez que lo veo.
-Siempre fuiste fantasioso, imaginando tonterías, pero ésta supera a todas.
El hospital estaba en penumbras. La noche era cálida y lluviosa, todos dormían. El goteo de una canilla lejana resonaba en mi cabeza rítmicamente. Fue la primera vez que lo vi.
Salió de una habitación en el fondo del pasillo con otro niño, como de ocho o diez años, tomándolo de su mano; no hablaban. Pasaron frente a mí caminando sin apuro, casi sonriendo. El llanto de una señora me distrajo y me acerqué para ver si podía ayudar. La mujer estaba en el fondo del pasillo, en la penúltima habitación. Cuando llegué abrió la puerta –¿siempre estuvo cerrada? – para llamar a los médicos, pidiendo ayuda. Sobre la cama observé tendido al niño, parecía uno de los que vi caminar frente a mí: estaba muerto.
Todo el mundo corrió pero no se pudo hacer nada, se había ido, y yo lo vi irse como en un sueño.
-Eso es lo que te pasó, lo soñaste.
-No fue un sueño, estoy seguro, esa maldita gota que caía no me dejaba dormir…
A las tres de la tarde el tránsito en Buenos Aires es endemoniado. La Avenida está atestada de autos que se apresuran por llegar a su destino. El pequeño animal seguramente no estaba apurado pero cruzó igual y su suerte le jugó una mala pasada. El conductor pensó quizás detenerse, pero el tránsito lo arrastraba y el golpe lo arrancó del asfalto. Cuando cayó contra el cordón ya estaba muerto. Sentí un nudo en la garganta y se me nublaron los ojos. Luego aclaré la vista y lo miré otra vez, como si saliera abriendo una puerta en el aire. Caminó hacia el pequeño perro, se arrodilló y con conmovedora ternura lo tomó entre sus brazos y se incorporó lentamente. Las patas del animal colgaban a los costados del cuerpo del niño, pero de pronto comenzó a moverlas y cuando éste lo bajó hacia el suelo, ambos corrieron hasta doblar la esquina, como jugando, despreocupados. Vi todo con tanta claridad que el cuerpo que yacía en la calle parecía irreal, una fantasía.
-¿Ves que no tiene lógica tu cuento? Salió corriendo pero estaba tirado en el asfalto.
-Si, pero lo vi…no sé como explicarlo. No tiene sentido.
Las otras veces que he visto al niño no se lo conté a nadie. Si no ven lo que yo veo, para que seguir hablando. En silencio, como quien va al cine, observo todo en la pantalla grande que es el mundo.
Cuando llegue mi hora, no te olvides de mí, niño del cielo.

                                                                                                                                                 Ricardo Lewitan
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Mención de honor:

FILOSOFÍA

a)  ella entró a ese lugar, y allí todo era distinto, estaba él, silencioso, con la mirada lejana y profunda. Ella entró a ese lugar inexistente y jugó juegos a los que jamás había jugado.
b)  sacó de un pequeño bolsillo del abrigo una gata gris, casi plateada, con ojos amarillos y esperó hasta que surgiera una silla con algo de sol, conocía a su gata. Del otro bolsillo sacó una taza de porcelana, con un ramillete de rosas esmaltadas en su interior, comenzó a servir el té para él, que leía un libro de L. Wittgenstein. Las palabras eran líquidas, transparentes todas  color tabaco claro. Cuando la taza llegó a su límite, ni una palabra más pudo entrar.
En ese instante surgió el silencio, único territorio donde puede habitar el amor.

                                                                                                                                                              Gloria Arcuschin

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Mención de honor:

El desierto de Mahasana

Serenados en el bosque de las almas perdidas, encontramos a un sujeto muy peculiar, llamado PRESEUS. Un abandonado de la vida terrestre que seguía agonizando las penas del plano terrenal, aun no entendía las reglas de ciertos juegos, creía que había sido un buen hombre, un pastor de dios que no merecía una huida así, tan fugaz. Yo roce mi mano con la suya, y noté lo frío que se encontraba, y aun sabiendo que mi vida había sido lo suficientemente dura como para vivir en la Antártida, me saque mi sweater y se lo di, sin ninguna duda.
Preseus no sabía qué hacía parado en tanta majestuosidad y rodeado de tanta gente fría, siendo que el sol iluminaba con todas sus fuerzas a cada ser viviente allí. Quien se encontraba al lado mío se ofreció a mostrarle todo el lugar, pero Preseus se maravillo con un solo sitio, decía que se sentía identificado y la verdad nunca lo comprendí. El desierto de Mahasana era tan solitario que era difícil de creer que alguien se sintiera cómodo en dicho espacio. La arena se deslizaba sobre sus manos como agua corriente y hacia más brillante su piel.
Pasó días y noches sentado sobre la cálida arena, esperando respuestas, sin querer hablar con nadie, tampoco éramos muy comunicativos, pero al mirarlo vimos que ya era un alma perdida, ya estaba solitaria, no aceptaba ese destino que solemos chocarnos sin darnos cuenta. Esa voz interior que nos dice que nunca hay que soltarle la mano al amor, amor por la vida, amor a la compañía, a la dulce armonía de sentirnos queridos.
Mientras algunos luchamos aun por no perdernos, hay muchos más que no comprenden la razón por la que estamos acá, la ultima parte antes de partir, antes de ser nuevos seres, de volver a iluminar porque ese el punto de nuestro ciclo, iluminar
No somos más que luz, luz eterna.
Morimos, pasamos por el bosque de las almas perdidas, luchamos por ser luz, y cuando comprendes la razón por la que debes volver a la tierra, vuelves, sino, quedas en el desierto de Mahasana, rosando a la arena, y deseando algo que nunca podrás tener, el PASADO.

                                                                                                                                                   Estefanía Ledesma

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