GUKA 18

Publicado: 12 abril, 2015 en Sin categoría

Guka 2015

guka 2015

CONCURSOS 2015 BASES

FINALISTAS 2014

NOVEDADES

RESEÑAS

Y…

NUEVO LLAMADO a CONCURSO LITERARIO PARA NIÑOS

 

 

EDITORIAL GuKa 2015

Publicado: 12 abril, 2015 en Sin categoría

Un saludo a todos los seguidores de Guka.

Este año cumplimos los diez años. Gracias por la paciencia y el espíritu que siempre demuestran. Por la buena onda, por las ganas, por el apoyo en las convocatorias, en fin, por todo a todos y por lo que hemos caminado juntos este tiempo y también aquellos que se han ido sumando.

Recuerdan el primer editorial??? Fue para un grande. A ver a ver a ver… a quien lo recuerde una Guka con premio, ojo, dije con premio, que puede ser el libro de un groso, en fin….. Escriban como siempre a revistaguka@gmail.com y ahí se ganan la camella y el premio. Al que llegue primero eh?

Otra y van… la mayoría de premiados en GuKa, luego, se animaron o bien a editar o bien a ganar concursos quizá más significativos.

Fue muy bueno este ejercicio de concursos con ires y venires, y algo que no olvidaremos. El estar de un Walter Inolvidable. Este será desde ahora su apellido: Inolvidable. Nunca quise saber a fondo nada de todo lo que pasó, nunca, pero hay algo a lo que siempre se vuelve y tenemos al primer secretario de redacción de GuKa Alan Rebottaro. Luján es de él. Fue de él y seguirá siéndolo.

Se acuerdan del primer concurso, delgadito, pocos concursantes, apenas unos cien, y bueno…. Desde lejos se vinieron a buscar sus diplomas.

Y yo sé que muchos de ustedes recordarán la lluvia de aquel 8 de noviembre, cuando el Río de la Plata llegó a las puertas de la Biblioteca y se inundó Buenos Aires y nosotros seguíamos sin saber qué pasaba afuera. Pero vinieron por sus premios y…. desde muy lejos. Por eso, no enviaremos más. Si, anunciaremos y quizá fotocopiemos por fb para que cada uno tenga lo suyo en su poder… lo fotocopie y lo tenga pero enviar, NO:

Cada vez la calidad de los de siempre, mejora. Lo cual demuestra algo: que leen. Y ustedes saben que para saber escribir, hay que leer y algo más, saber leer. De todo. Crónica, ensayo, novela, poesía.

Recomiendo a dos grandes John Gardner y Alejandra Laurencich en su libro “El taller”

En fin. Como todos los años Guka usa enero para pasear por bibliotecas y se lleva sorpresas. Como este 2014- 2015, conoció en Miramar la Biblioteca Miramar, solicítenla por fb, vale la pena. Está como Biblioteca Miramar, los invito a que pasen y vean, tiene hasta un rincón para niños con “libros para morder” y embarazadas. Su dirección es de una pluralidad y una amplitud de criterios asombrosa. Trabajan durante todo el año y hubo una convocatoria para una charla sobre “Diferencias entre nouvelle y novela” que se dio antes de las fiestas. Quedaron fascinados y nos quieren visitar. Por supuesto este año lo harán.

La Guka siempre andando.

Les recuerdo que al pobre Guk, ciertas disposiciones reglamentarias del desierto, no lo dejaron andar, y murió sin conocer el mundo que sí ustedes le ayudan a ver. Siempre insisto:

“Historia de Cronopios y famas” Córtazar, busquen “Camello declarado indeseable” para que no pregunten luego de dónde sale el nombre y por qué hay camellos por todas partes. Bien, les decía que este año somos más y de buena calidad, como siempre pero leímos más y por eso levantamos la puntería. ¿Será así? Uno nunca sabe, pero sí, vamos a tener más colaboradores dispersos por el mundo. Incluso en Europa, dado que el año pasado llegaron 574 trabajos y muchos de España, Nueva York, Ecuador, República Dominicana, Perú. Acoto que la ganadora de Perú vino en forma personal a retirar su diploma. Se llevó el PRIMER PREMIO EN NARRATIVA , ES LAURA LIENDO., por su cuento “Los sapos”. La ganadora de España mandó representante y como se lo habían “levantado” de la mesa, lo subimos a fb, para que lo tuviera. Hay casos y casos, pero eso si, nunca más enviaremos por correo diplomas. Más abajo anunciaremos la orden de mérito que, dado el receso de verano aún no se pudo subir.

La modalidad es así: en un primer momento, se anuncian los finalistas y el día de la entrega de premios se enteran de su lugar, por ello no insistan al mail queriendo saber de antemano qué lugar ocupan. No es descortesía, es regla de la revista. Desde el inicio. Tratamos de ser lo más justos que podemos y trabajamos con intercambio entre nosotros en forma permanente. Dudamos. Nos equivocamos. Pero a veces los lugares no significan mucho. Sí, el hecho de estar ahí. Premiados entre 574. No elegimos diez por cuestiones técnicas y para que sirva de impulso a seguir. Elegimos cien y no todos pueden estar en el primer premio, segundo o tercero. Pero estar, están y si pudiésemos elegir más, también lo haríamos. Lo hacemos en forma proporcional a la cantidad de trabajos que nos llegan.

También quiero recordarles que la BIBLIOTECA NACIONAL nos auspicia, esto quiere decir “auspicio” pero no somos un ente interno, sino que la revista recibe colaboración para la edición en papel, que es costosa, y que digitalizamos más números que los que imprimimos, debido justamente al costo.

No hacemos ningún tipo de publicidad, no podemos por tener el auspicio de un ente estatal, y hay librerías que nos tientan con ser “mostradas”, pero no, auspicia la Biblioteca Nacional. Es del Estado y basta. No hay publicidad.

Ninguno de nosotros, ni la dirección, ni los redactores cobramos sueldo. Nos basta con que nos paguen la edición en papel y el digitalizador.

Es más, en época de premios, apenas llegamos a cubrir los costos. Esto por una parte y por la otra, cuando alguien no recibe su diploma no tiene que recurrir a la Biblioteca Nacional como si su diploma estuviera archivado por su importancia, en la hemeroteca, o lo tuviera el director en su estantería, sino dirigirse a la revista mediante el mail revistaguka@gmail.com o sea a su dirección. Siempre se trata de responder con premura y si en el camino su diploma se perdió ó se lo llevaron por “equivocación”, no enojarse porque el día de la entrega de premios, siempre o bien “se pierden” o bien “se vuelan” o se los llevan, (no sabemos para qué, pero se los llevan) y no se hace repetición de ningún diploma. Es por ello que pedimos que los que NO pueden concurrir, envíen a otra persona con un permiso DNI y firmado por ustedes.

Somos escritores, poetas, músicos, dramaturgos, en fin, hacemos arte y con él hacemos magia, esa que nos saca del “todos los días” y nos lleva por la oblicua de una irrealidad que nos salva.

No pidamos mucho más, es lo que se puede y se sostiene por ustedes.

Reiteramos: la dirección y los colaboradores trabajamos ad honorem porque la suma que nos auspicia alcanza sólo para la impresión en papel, diplomas y los etcéteras que tiene el mantener una revista que es gratuita.

Guka no se cobra.

Guka es para y de ustedes.

Gracias por la compañía, la buena onda y los premios que se otorgan son premios GuKa, no premios de la Biblioteca Nacional. Por ello sus empleados no pueden dar cuenta de diplomas, tiempos, etc, ni ustedes pueden salir por los medios a decir, gané un premio de…. Sino gané un premio en la revista GuKa. No nos interesan los buscadores de prestigio, sino los buenos escritores, nada mas, por ello diríjanse a la redacción de la revista mediante su mail. Nos auspician, les gustamos, nos prestan sus instalaciones, en fin… no es poco.

Para premios de, tenemos por ejemplo el Cambaceres, o tantos otros que, de tanto en tanto no sólo reciben el auspicio, sino el metálico y la edición.

Son para el mundo literario en general, pero los premios Guka, son los premios Guka, en este caso auspiciados desde hace diez años por el organismo del Estado representativo de un espacio con solidez y el prestigio de la Biblioteca nacional. Nada más y nada menos. Algo diremos importante, y algo haremos bueno y de calidad para que mucha gente nos venga siguiendo desde sus inicios, y cada año se sumen mas. Para que muchos, luego de recibir su premio, se animen y editen su primer libro o su segundo, o vaya a saber, pero el impulso está en ese lugar que confirma que escribimos y estamos elegidos en una lista que surge de una gran cantidad de trabajos.

Un abrazo a todos y que tengamos un buen año. Agradecemos a los redactores y colaboradores, tanto como a las diferentes universidades que nos permiten llegar con La Guka hasta los alumnos.

¿QUIÉNES SOMOS?

Alan Rebottaro                   Secretaría edición

Gabriel Centomani          Secretaría edición

Lucas Rubio                       Secretaría de redacción

Redactores:

Julio Azzimonti                     por el CCUNGS (Centro Cultural universidad de

                                                       General Sarmiento)

Claudia Migliore                     literariasriodelareconquista.

Carlos Monti                           CCUNGS (Universidad de Gral Sarmiento)

Gabriel Centomani               CABA- Zárate- Campana- Gral Rodriguez.      

María F. Sánchez Barros       Talleres literarios Municipalidad de Chaco

Ester Monke                           Miramar – Mar del Plata- Sade Atlántida

Claudia Samter                     Miramar

Claudio Simiz                      Talleres Moreno Universidad N. Moreno

Nora Coria                             Talleres literarios “Identidad”

Graciela Zanini                     CABA

Fabián Soberón                   Noa, Córdoba- Santa Fé y Patagonia.

                                                     Universidad de Tucumán.

Alan Rebottaro                     Luján- Mercedes.

Carlos Berdallés                   Santa Fé (ausente por viaje durante 2015)

Ezequiel Wanjcer                Moreno I. S. F. D Néstro Kirchner.

Mónica Ivulich                     Colaboradora desde Europa

Alicia Digón                           Dirección.

Oscar M. Aguilar                 Vocero internacional            

QUE….. bueno vamos a leerla?

“Las olas del mundo” Ed. Alfaguara.

Las olas del mundo

Las olas del mundo

Alejandra Laurencich

Alejandra Laurencich

 

 

 

 

 

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Comienza su novela con una primera voz que nos dice:

“En el verano del 76 yo estaba de vacaciones en Mar del Plata, iba a cumplir trece años y el mundo adulto me parecía algo impreciso y deforme, un caos, donde los grandes esperaban la llegada de los militares con tanto fervor como mi abuela soñaba la redención del Espíritu Santo”.

A partir de allí, marca la autora ese itinerario fantástico entre el tiempo y el recuerdo que, como el canto de Orfeo hay una permanente música que convoca. ¿Adónde? A una partitura particularísima y con ese lenguaje órfico, de a poco toma una fuerte constitución en que trama y palabra no permiten cerrar el libro hasta el final.

Una novela cuya tensión hace de ese tiempo perdido, un día encontrado, aquella verdad que se patentiza en un vívido presente. Desentierra lo enterrado.

Con maestría no afloja la cuerda en ningún momento. Combate con la palabra lo que la realidad propuso. Una época delimitada por el dolor y la ausencia.

Paso a paso nos lleva del cuello a la página final. Sus lugares, sus puntuaciones, sus, incluso, imprecisiones, son tan precisas y exactas como la de un jugador de póker que no suelta la presa hasta que la danza macabra, con total inocencia, cierra su último paso.

A leerla.

No la olvidaremos.

 

 

Nací escribiendo, creo, sólo la literatura me trajo ese mundo

mágico, sólo mío, que en momentos muy difíciles vino de la mano de la evasión para no enloquecer. Igual enloquecí. Digamos, enloquezco y en uno de esos enloquecimientos nació GuKa y nacieron libros de poesía al principio. Más tarde trabajé para algunos medios como “La Opinión” “Clarín” y revistas del momento.

Fui muy amiga de Dalmiro Sáenz y del gran Haroldo, pude saber de Levrero y estar aún enamorada de su literatura, aún antes de su muerte. Me deslumbró su escritura. Su carencia de ego. Sus tempos. Su inclinación a la locura de esta cosa extraña están hechas las palabras.

Vamos a mi primer libro de poemas.

Alicia Digón firmando  “Los juegos necesarios”, 1986

Alicia Digón firmando “Los juegos necesarios”, 1986

Ciudad del mar

Ciudad del mar

              

Alicia Digón

Alicia Digón

A “MUNDO JAVIER” se animó el talentoso Esteban Mellino, quien luego llevó a la televisión algunos sketchs y otras chanzas de mi autoría.

El formato de la tv no me atrae, sí el del cine, antes que la muerte me atrape con sus uñas pienso hacer algo con ese amor que le tengo al cine. A la quienes iban y venían con esos planos blancos, impertinentes, con la locura de Fellini, en fin la nouvelle vague

EL PREMIO “FUNDACIÓN ARGENTINA PARA LA POESÍA”, poemas, se editó en la mítica Botella al Mar, por el también mítico Arturo Cuadrado y Alejandrina Devescovi, presentado en el salón Varig por Isidoro Blaisten y Pascual Menutti. Vinieron más tarde reseñas para la Razón y medios del momento. Un escrito inédito sobre J:P Sartre que se basó en escritos de una de sus ( y lo digo así, porque se arrogan varias ser “sus” biógrafas) Annie Cohen Solal. Con ella, de visita en Buenos Aires, mantuve tres extensas charlas sobre el filósofo y escritor, que era mi norte en la adolescencia. Está inédito, tanto como algunos libros y páginas sueltas que en algún momento se recopilarán. Tom Lupo presentó en el 2006 Five O`Clock en la Biblioteca Nacional junto al gran poeta Marcos Silber y María Fernanda Sanchez Barros. Me pudo la docencia secundaria y universitaria. Escribí, soñé, mentí, me emocioné, dije estupideces, las realicé, de nada me arrepiento. Ahora me encuentro por aquí de nuevo con ustedes y es un gusto. Espero que mi querido Horacio González se ponga bien y tenga la suerte de darle un beso a esta revista y por este medio quiero hacerle saber que, como pensador, es mi norte, si lo hubiera conocido de jovencita lo hubiera asediado, y molestado hasta el cansancio, su mirada, su mente, en fin… todo él es un mago del pensamiento y esta GuKa es por y para él, aunque me cueste mucho, ustedes también pudieron leer, participar en concursos y demases porque este hombre es lo más transparente, más allá de políticas que pasan, mas allá de pensamientos que, muchas veces aburren, en fin, más allá, mi querido HORACIO no sabés cuánto y cómo te quisiera tener cerca hoy. En especial, hoy.

Pero sigo con esta breve reseña sobre mi recorrido literario. En vida del inolvidable Spivacow gano el Primer Premio Literatura Infantil y me convoca CEAL para su edición, siendo en la actualidad, retomado por EUDEBA y hace su reedición a instancias de la gran Violeta Caggianelli, todo un logro.

Llegan luego el premio literatura juvenil para “Ciudad del mar”, con muy buena aceptación de público. Más tarde me animo a la prosa con “El country de los milagros” y por último dos novelas inéditas, de las cuales por supuesto no diré el título. Están concursando. Veremos. En la actualidad, estoy pensando en poesía y en cuento poético, tratando de recopilar un antiguo ensayo sobre Alejandra Pizarnik, y otro sobre Marcial Souto.

No sé que haré después de reeditar “Mundo Javier” para los chicos de una fundación y como homenaje hacia una persona a quien estimé mucho.

 Por ahora, sigo con Guka, veremos, el futuro no existe.

Muchas gracias.

Revista Guka

Revista Guka

Reedición de Eudeba 2014.

Los cuentos de Chiribitil

Los cuentos de Chiribitil

“Los cuentos de Chiribitil” Reedición de Eudeba, 2014.

El country de los milagros

El country de los milagros

La novela narra en masculino el mundo de la transa con un realismo que se troca en relato alucinado de una tarde de calor entre cervezas y pegamentos. Alejandra Varela, Página 12, 21-11-14




Jeton Kelmendi

Jeton Kelmendi

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Jeton Kelmendi (Peje, Kosovo, 1978) es poeta, dramaturgo y traductor albanés. Vive actualmente en Bruselas. Es publicista en media, en Kosovo y en el extranjero, y es miembro de la Asociación de los Periodistas Profesionales de Europa, entre otras asociaciones internacionales. Ha publicado una treintena de libros de poesía entre originales albaneses y otros idiomas y obtenido numerosos e importantes premios internacionales. Es el poeta albanés más reconocido internacionalmente.

Una traducción de su libro más representativo Cómo llegar a ti mismo (“Si shkohet për të vet vetja”) será editada este invierno 2015, traducido por Ricardo Rubio de la versión inglesa “How to reach yourself”. Tenemos un adelanto de ese trabajo:

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Lleva contigo los periplos

Anduve dando vueltas por el pensamiento
sin encontrar la salida
El silencio y el sueño nunca ayudan

Guarda los recuerdos
llévalos en todos tus viajes
como ideas

Lleva contigo los periplos
con los que viniste y te irás
Toma ese martes por la noche, tráemelo
para juzgarlo
y trae también la luz de la luna traviesa
que puso gris nuestro pelo
Toma todo, bajo el paraguas de mis ojos
exprímelos
para darles una señal sin nombre

Las ruinas de pensamiento
se convierten en un museo de la memoria
Cierra todo para que el perdón no nos secuestre

Cierra todo debajo de ti mismo, debajo de mí

Aliento alegre

Anoche estuve intranquilo
Soñé contigo
Fue la más bella de todas las noches
a la que los pies humanos pueden entrar

Cada vez que la oscuridad se fue a un sueño
quise ser
la blancura que te cubriera el cuerpo
la que atase los dos pies del otoño
Tú, la hermosa
del planeta la más bella

Las palabras más preciosas carecen de valor
inquietan
Por qué no puedes ser más alegre
que la respiración
y volar hacia mi cielo

Toma tu cielo por un instante

Toma un poco de tu cielo
de este día
Nuestra piel se queda al descubierto

No creo que vaya a ver
otros lugares
sin tu cielo y el mío
sobre nosotros

Tranquilízate mi amor
sacaré el cielo
desde mi lúbrico aliento

Transformaré la palabra en un pájaro
y el canto de las aves te despertará

Tirana, 4 de abril de 2005

Ricardo Rubio (Nov, 2011)

Ricardo Rubio

Ricardo Rubio (Buenos Aires, 1951) es poeta, narrador y dramaturgo. Ha publicado también ensayo y traducido diversos poemas de autores de habla inglesa que fueron publicados en distintos números de la revista “La Luna Que” (1975-2003), como así también la cuarta cuarteta de T. S. Eliot. Ha publicado una treintena de libros; sobre su obra poética, Graciela Maturo ha publicado: “La palabra revelatoria: el recorrido poético de Ricardo Rubio”. Fragmentos de su obra poética han sido traducidos al italiano, alemán, ruso, inglés, albanés, rumano, francés, catalán y gallego. Se han estrenado doce de sus obras teatrales, una de ellas en Madrid.

Un poema de Walt Whitman

Publicado: 12 abril, 2015 en Walt Whitman
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¿Qué significa existir en una forma?

(Damos vueltas y vueltas, todos nosotros, para volver siempre al mismo sitio)

Si nada se desarrollara más allá que la almeja en su concha dura, ya bastaría.

Mi ser no es una concha dura.

Poseo instantáneos conductores por todo mi cuerpo, que reaccionan cuando me muevo o reposo.

Se apodera de cada objeto y lo lleva inofensivamente por todo mi ser.

Me basta con agitar, presionar, y palpar con los dedos para ser felíz.

Tocar un cuerpo ajeno con el mío es casi lo más que soy capaz de resistir.

 

PRESENTAMOS A DAVID VOLOJ

Publicado: 12 abril, 2015 en David Voloj
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Desde el Noa, @Fabiánsoberon.

David Voloj (Córdoba, 1980) es Licenciado en Letras Modernas, escritor,
docente y periodista freelance. Ha publicado artículos y relatos en
distintos medios de Argentina, México y España. Es autor de los libros
de cuentos letras modernas (Mención Premio Municipal Luis de Tejeda 2007), Asuntos Internos (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes 2009) y Los suplentes (2014).

David Voloj

David Voloj

Un cuento de David Voloj

 

Noche de chicas

—Vos no sos mi mamá —me dice la nena de Omar cuando quedamos a solas—.

_Nunca vas a ser mi mamá, ¿sabés?_

Al parecer, la nena quiere conversar. Bien. Me armo de paciencia, dejo el celular en la mesa y la miro a los ojos para indagar en ese cerebrito de diez años capaz de llegar, en pleno desarrollo de sus facultades deductivas, a semejante conclusión. Debería felicitarla, decirle que es una nena muy inteligente, una luz. Si se esfuerza, quizás llegue a ser abanderada de la escuela. Bravo, mi amor, bravo…Tengo el impulso de promover sus capacidades intelectuales respondiéndole que sí, que efectivamente tiene razón, no soy la madre. ¿Lo notaste porque yo soy mucho más joven? ¿Te fijaste en el documento de mami, viste la fecha de nacimiento, sumaste y restaste hasta darte cuenta de que también podría ser la mía? ¿Descubriste que tu papá las dejó, a ella y a vos, para estar conmigo? Qué bien, qué bien. Si tuviera una lapicera verde a mano, te escribiría un excelente en la servilleta. ¿Querés contarme alguna otra cosita? Porque me interesa muchísimo hablar con vos, linda, bonita, preciosa, de verdad, no tengo nada más importante que hacer.

Podría interpelar a la nena de Omar, pero no lo hago, en definitiva, porque pestañea, baja la vista, alza los hombros y murmura algo que no logro oír. Está enojada consigo misma. Pobrecita, la entiendo. Ha sido incapaz de sostenerme la mirada.

El celular vibra. A mi hermana le gusta mi último post.

La nena entra en el limbo mental que suele habitar, se convierte en un ente rencoroso, una bomba de tiempo que puede detonar en cualquier momento. Agarra el tenedor, desmenuza el sushi, empapa el pescado de salsa de soja hasta formar una pasta desagradable que lleva hacia los bordes del plato. Tiene la mala costumbre de jugar con la comida. La vi en más de una ocasión. Ahora, con uno de los chopsticks, comienza a dibujar. Un árbol, una margarita, nubes, contornos de pájaros. Estoy a punto de sugerirle participar en alguna clase de concurso para pequeños artistas prodigio. Tiene cualidades para irritar a la gente.

Al salir del baño, Omar me da un beso en la frente. Me trata como si fuera una tía política en estado vegetativo. Antes de sentarse, le dice a su hija que está mal jugar con la comida. La nena sigue concentrada en lo suyo pero el padre, feliz de haber impuesto orden en la mesa, se sirve más vino y me sonríe.

El celular vibra otra vez. Mi hermana hace un comentario. Dice que la pornografía es una basura de tipos inmaduros. Dice que debería haber una ley para meterlos presos. Dice que no debo engancharme con esos mambos. Todos son igual de enfermos, loca. Después, me pregunta a quién descubrí descargando videitos. ¿Uno de tus alumnos? Esos pendejos están terribles. Le respondo que no, nada que ver. Después te cuento, digo. Ella me manda besos. Fuerza, flaca, hablamos, escribe y, al final, pone una carita feliz con los dos puntos y el paréntesis de cierre.

—Me ibas a contar lo de tu viejo. —Omar retoma la conversación que había quedado en suspenso gracias a la poca elasticidad de su vejiga—. ¿Qué le pasó?

Con la nena en frente estoy obligada a moderar el tenor de las palabras, a usar eufemismos ridículos. Le explico a Omar que el resumen de la tarjeta de crédito de mi papá tenía gastos que yo no había hecho. Le hago el gesto de las comillas con los dedos. “Gastos”. En euros, en dólares, en reales. Sumas chicas, pero me llamó la atención. Muevo los ojos, las cejas, inflo y desinflo el cachete con la lengua, pero él no entiende. Cuando fui al banco a averiguar, prosigo, me enteré de que se trataba de suscripciones a páginas de nternet. ¿Entendés? Páginas “poco convenientes”. Insisto con lo de las comillas. Sitios de contenido no apto “para menores”.

—Es grave, ¿no te parece?

La nena bosteza y Omar me mira como si esperase alguna conclusión, como si hiciera falta terminar de explicarle. No llego a ser lo suficientemente clara, me doy cuenta. Aunque trato de evitarlo, los ojos se me llenan de lágrimas, se me entorpece la voz. Lo mismo me sucedió cuando discutí con papá.

Omar me acaricia las mejillas: soy la tía con coma cerebral que nadie se anima a desconectar.

—Dejame —le digo.

Escucho sus palabras de consuelo. Poné la energía en el trabajo, dice. En los colegios te adoran. Eso es lo importante. Tus alumnos dejaron un pasaje liberado para vos, para que los acompañes al viaje de estudios. Deberías pensar en comprarte una campera bien abrigada en vez de darle vueltas al tema de tu viejo. Pensá que es un tipo grande. Si a esta altura de su vida no puede hacer lo que quiere…

Yo escucho. Entiendo a Omar. Quiere animarme. Con una mirada le hago saber que puede dejar de esforzarse.

De pronto, la nena se ríe. No sé qué puede resultarle tan cómico. El televisor está apagado, nadie contó un chiste. Estoy a punto de preguntarle qué le causa tanta gracia. A ver, contá de qué te reís, dale, así nos reímos todos, quiero decirle. Sin embargo, opto por el silencio. La retórica vacía de las madres histéricas no va con mi estilo.

—Me subleva, Omar, la actitud… —digo—. Me hizo sentir como el… Me hizo pasar vergüenza. La chica del banco se me… se rió. Encima, el muy… injusto, el muy injusto se molestó cuando le pedí las explicaciones del caso. ¿Qué entrometida ni entrometida? Sabés por dónde me paso… Es mi papá, mi computadora, mi tarjeta de crédito. ¿Cómo no me voy a entrometer?

Me escucho a mí misma. Hablo con rodeos, corto las oraciones, empleo sinónimos estúpidos que tergiversan el verdadero sentido de las frases. Hablo así, con propiedad, hablo, en definitiva, como una tarada, cuando en realidad necesitaría mandar todo a la recalcada concha de la lora.

—¿Perdón? —Omar me toca por debajo de la mesa—. En esta casa, flaquita, no nos expresamos así.

¿Así cómo?, estoy a punto de preguntarle, pero me doy cuenta de que mis pensamientos acaban de salir por mis dientes.

—Disculpá —digo—. No me di cuenta.

El calor me sube desde el estómago, se aloja en mi cara. Me cuido de cerrar la boca, aunque lo cierto es que necesitaría gritar, abrir la ventana del piso de Omar y gritar, para que toda la ciudad se entere. Sin embargo acá, sentadita, hay una nena, una princesita divina con cintas rosas atadas en el cabello, un peinado que la madre le ha hecho con mucho esfuerzo para que luzca preciosa durante la visita a papá. Y no es bueno insultar. Porque la nena aprende. Y repite.

—Comé bien, Azul —dice Omar, aunque tampoco ahora habla en serio. Ambos, padre e hija, se ríen: el reto se vuelve aprobación.

Me pregunto cómo puede ser tan obsecuente. Una persona como él, incentivando la vulgaridad, la grosería. No lo entiendo.

—Bueno, papi —asiente la nena, contenta con la complicidad que ha logrado establecer. Acto seguido, pone los ojos bizcos y, con la lengua, se sube un bolo de sushi a las encías.

Cenamos con un mono. Omar larga una carcajada. Restos de comida le salen de la boca, atraviesan la mesa y se depositan en el mantel.

Hay sushi dentro de mi copa.

Apenas puedo contener las náuseas hasta llegar al baño.

El delineador está corrido. Debería resistir el agua, pero está corrido. Ni hablar del rímel. Una porquería. El espejo del botiquín me devuelve un rostro para el olvido. Los ojos hinchados, el semblante pálido. Un horror.

Quiero lavarme los dientes y en el vasito de vidrio encuentro el cepillo de Omar y el de la nena; el mío, no. Reviso el estante, abro los cajones, me fijo en el hidromasaje y al girar, de pura casualidad, lo veo apoyado en la cañería, atrás del bidet, junto al paño amarillo y la botella de desinfectante. Las cerdas gastadas huelen a lavandina y a pis.

La arcada es incontenible.

—Pobre, entendela… Quiso ayudarle a la chica que limpia el departamento y se debe haber confundido —me explica Omar—. Tampoco es para hacer tanto drama. Usá el mío, yo tengo otro en el auto.

—Lo hizo a propósito —me quejo, pero Omar no me escucha.

De regreso al campo de batalla veo un acto que merece el cielo: una nena lleva los platos al lavavajillas, los coloca en orden, pone detergente y enciende la máquina. ¿Alguien aspira a la beatificación infantil? Después, haciendo un esfuerzo sobrehumano, el ángel de la guarda que nos acompaña esta noche quita los individuales de la mesa. Y pasa un trapo con lustramuebles.

—¿Viste cómo colabora? —escucho decir al padre.

—¿Me estás jodiendo? —murmuro.

Cuando me quiero dar cuenta, Omar pregunta qué gustos de helado trae. El delivery va a demorar, aclara, y la heladería está acá nomás, a tres cuadras. Así que tardo nada, dice.

—Chocolate, almendrado y… flan —se apresura a pedir la nena.

—Ok —confirma el padre y cierra la puerta.

Ningún gusto al agua. Solo me consuela imaginar la explosión de acné precoz que tendrá esa carita redonda y sin gracia.

Calculo la hora. ¿Cuánto va a tardar Omar en volver? Son siete pisos por ascensor, veinte metros de pasillo (más un par de comentarios de fútbol con el tipo de seguridad), tres cuadras y media (más el cruce de calles y un semáforo), una cola de cuatro personas en la heladería; el pote irá a la balanza, faltarán veinte gramos, la chica que atiende lo completará, le ofrecerá cucuruchos, alguna salsa. Todo esto de ida, más el tiempo de regreso: convenía esperar el delivery.

Cambio mi estado de facebook.

 

La nena se echa en el sillón. Se llama Azul. Pienso que Azul es un nombre estéril, sin historia. Ella no tiene la culpa. Supongo que la madre habrá mirado el cielo durante el embarazo y habrá decidido llamarla así. Quizás fuese su color favorito. Quizás le guste el mar.

—Prendé la tele —le digo.

Necesito un poco de ruido para quitarme la imagen de la Cenicienta resentida con mi cepillo de dientes en mano.

Siento unas ganas insoportables de fumar. La cabeza me explota. Estoy a punto de terminar con las suplencias en el colegio y apenas ahorré para las vacaciones. Además, perdí la beca en la universidad. No tengo ganas de volver a presentarme. Demasiado papeleo para que después gane alguien más y mejor relacionado. Por otra parte, mi hermana ya lleva seis meses viviendo en España; no vendrá para las pascuas ni para Navidad. No vendrá nunca más.

También está lo de papá, que sigue sin aceptar la muerte de mamá y, para hacer el duelo, no se le ocurre nada mejor que usarme la netbook del colegio y mirar videos porno. Un asco. Ni siquiera sabe borrar el historial de las páginas que visita.

Omar, que debería entenderme, colabora poco. Trabaja cada día más y, los pocos momentos que tenemos juntos, trae a dormir a la nena.

A este ritmo, el gel íntimo se va a secar en el pote.

—En mi casa nunca pedimos comida, ¿sabés? Ni siquiera postre. Mi mamá cocina riquísimo. Hasta el helado hace.

Las virtudes culinarias de mami saltan a la vista. Desde que por fin se separó, tu papá bajó de peso; ahora, al menos, sabe qué tiene debajo del abdomen. Y vos, gordita, si querés que los chicos te presten atención alguna vez, deberías empezar una dieta con menos hidratos. Sugeríselo a mami. Les vendría bien, a las dos. Al menos ella tendría una remota chance de rehacer su vida.

—¿Qué decís? —me pregunta.

—Nada —respondo.

En la pantalla aparece Johnny Bravo. La nena no se ríe. ¿Entenderá los chistes? A mí me fascina. Johnny Bravo, ese patovica animado de mediados de los noventa que solía ver en el televisor de 14 pulgadas que estaba arriba de la heladera, mientras hacía los deberes. A mi hermana le parecía de lo más cómico y a mí me gustaba lo mismo que a ella. Por eso te extraño, estúpida. Me hacés falta. ¿No podías buscarte un novio más cerca? Si no fuese por el acento, el gallego ese hubiese muerto soltero.

—¿Vos tenés siliconas, verdad? —me interroga la princesa que retoza con las zapatillas sucias apoyadas en el sillón de cuero ecológico blanco que compramos con Omar—. Mi mamá dice que tus tetas no son naturales, que no pueden ser naturales. Y que te operaste la nariz, también. Estás toda hecha, dice.

Madre e hija, dos mentes brillantes, dos cráneos que supuran inteligencia.

Con estos noventaiocho centímetros, pendeja, tu papá se entretiene bastante más que con las pasas de higo de mami. Y vos deberías asumir algo de responsabilidad. Tengo entendido que tomaste el pecho hasta los dos años. Que no lo recuerdes es otro tema. Cuando vuelvas a tu casa, pedile que te muestre. Mami aún debe tener las cicatrices de tus dientes alrededor de los pezones.

—No me hables así —digo.

—Vos no me das órdenes. No sos mi mamá.

La situación se repite. No soy la mamá. Soy una tía vieja en el momento previo a expirar.

Si me van a salir hijos como vos, tontita, me ligo las trompas.

—Qué me importa —dice una de las dos.

Voy al balcón por un poco de aire. Me pregunto si estará bien ponerse a fumar, si se dará cuenta. Y si se da cuenta, ¿qué? La podría invitar. Un par de pitadas le vendrían bien para aprender a relacionarse.

Fumo. Veo las estrellas apoyada en la baranda. Abajo pasan autos. Miro el cielo, el mismo cielo que acaso mi hermana, en Barcelona, mira en este momento, no sola, como yo, sino junto a su novio gallego, chico poco interesante pero sin hijos, sin un primer matrimonio en la espalda.

Tardo en escuchar el celular de Omar, que me distrae, y entonces me pregunto para qué tiene un i-phone si nunca lo lleva encima.

—Hola O… —digo, como si hubiese contestado mi propio celular, y me doy cuenta del error al terminar la frase. Entonces comienzo a reírme. Me cuesta parar. Me saltan las lágrimas de la risa, de lo gracioso de la situación. Miro la pantalla y no, claro, no es Omar, es alguien que llama, desde un número privado, para hablar con él. Me resulta aún más cómico pensar que la persona del otro lado de la línea debe haber esperado saludar a Omar de la misma manera que hice yo, aunque no con tanta familiaridad, es decir, le habría dicho Omar y no simplemente O, a menos que se tratase de un pariente, no sé, la madre, el padre, los hermanos, quién sabe; tampoco es muy usual que en las familias se nombren con la inicial, o quizás sí, al menos en mi familia lo hacemos, por ejemplo, con mi hermana (tonta, estás tan lejos) o entre los primos, y ninguno se confunde a F con B, ni a M con MC.

Tengo un acceso de tos y, cuando me recupero, una mujer muy respetuosa se presenta como la doctora Rama, de la guardia del Hospital de Urgencias. Pregunta por el señor y, tras una pausa mínima, dice los dos nombres de Omar. Le cuesta pronunciar el apellido, como si lo tuviese escrito con una letra ilegible, letra de médico, o como si todo apellido con cuatro consonantes juntas, distinto de los italianos y españoles a los que está acostumbrada, le provocara inseguridad.

—No se pronuncia así —la corrijo.

La doctora Rama quiere que le confirme si el número es correcto y repite que habla de la guardia del Hospital de Urgencias. Pocos lugares tienen la capacidad de traerte de vuelta a la realidad.

Me disculpo, no sé bien por qué, pero lo hago. Le cuento que Omar acaba de salir. Se ha olvidado el celular, aunque ya regresa, está acá nomás, a tres cuadras. Sin embargo, a la doctora Rama no le interesa en absoluto la situación. Me lo dice con poco tacto. No importa, o no me importa, algo así alcanzo a escuchar. Luego agrega que su esposa acaba de ser trasladada, en estado inconsciente. Habla de la esposa de Omar y no de la mía, supongo, porque yo soy soltera, pienso con un residuo de suspicacia fumona, aunque no digo nada, como tampoco digo nada con respecto al uso del calificativo inconsciente.

—La mujer está internada, no puedo decirle más. Debería presentarse un familiar directo o responsable, lo antes posible. Cuando llegue, que pregunte por mí —dice y cuelga.

—¿Cómo que internada? ¿Inconsciente? Mire, Omar ya está separado… ¿Qué le pasó? —digo.

Le hablo a un celular mudo, pero mi voz se amplifica, se cuela desde el balcón hacia adentro, llena cada espacio del departamento porque, en algún momento de la conversación, el televisor quedó en silencio. Y la nena escuchó lo que no tenía que escuchar.

 

Azul toma las llaves y corre hacia la puerta. En vano le pido que esperemos al padre. Alcanzo a interponerme para recibir una patada, otra, una tercera. Cuando logro sujetarla, grita. Dice que yo no puedo tocarla, que va a denunciarme al juzgado de menores, que voy a ver cuando el juez me llame a declarar, cuando la policía me pinte los dedos. ¿De qué habla? ¿De dónde saca esas ideas delirantes? ¿Quién acaba de apagar el porro?

—Vas a ir, pero conmigo, ¿está claro? —digo.

En algún momento me puse de rodillas frente a ella. En algún momento, mi mano decidió acariciarle un cachete.

Bajamos. En la esquina, paramos un taxi. Debería hacerlo desviar, pero el chofer acelera por un supuesto atajo y nos alejamos de la heladería. ¿Cómo alguien puede demorar tanto en comprar un kilo de helado?

—¿Y papá? —pregunta Azul.

—Debe estar llegando, no te preocupes —le digo.

En el Hospital hay gente por todos lados. Es un desastre. Los camilleros aparecen de la nada, te chocan y, cuando te piden disculpas, ya están detrás de una puerta o dentro del ascensor. Perdón, se escucha que dicen. Al menos, son educados.

Le tapo los ojos a la nena. Dos policías traen a un tipo bañado en sangre que quiere soltarse. En un rincón hay una señora pálida, con la pierna izquierda enyesada. Está en una silla de ruedas sin la base donde se apoyan los pies. Me hace señas para que me acerque. Quiere que la ayude a salir. Dice que hace una hora que espera. Me agarra la blusa.

—Mire, señorita, no voy a estar teniéndole la vela toda la noche, usted cobra por atender a la gente —me increpa.

Azul me aprieta la mano. Ninguna de las dos oímos los insultos de la mujer cuando la dejamos atrás.

Vamos por el pasillo hasta una segunda escalera. Me pregunto por qué la trasladaron acá. ¿Esta mujer no tiene una prepaga como la gente? ¿Omar la sacó de la obra social? Debemos subir al primer piso y preguntar por el sector de Urgencias o Cuidados Intensivos. Como en realidad no recuerdo bien a dónde debemos dirigirnos, decido parar a quien sea y preguntar si conocen a la doctora Rama.

—Quédense por acá —nos indica la cuarta enfermera que detengo.

Suena el celular. Omar llama. Por fin. Pregunta dónde estamos, qué pasó. Me explica que la heladería estaba cerrada y tuvo que ir a la otra sucursal, que queda en la avenida, donde había un mundo de gente y, para colmo, cuando llegó su turno, lo atendió un pibe, así dice, un pibe, nuevo, que estaba aprendiendo y bueno, le costaba distinguir los gustos. Lo noto nervioso, preocupado. Lo dejo hablar. Cuando se calma, le cuento. Estamos en el Hospital. El de Urgencias. Estamos bien. Le miento, más por la nena que por él, cuando digo que la mamá tuvo una pequeña descompostura. La mamá de la nena, aclaro porque Omar, tartamudeando, pregunta qué le pasó a mi vieja, a la suya, como si fuese la única madre del mundo.

En ese momento aparece la doctora Rama. Le paso el teléfono a Azul y, mientras la nena habla con el padre, me alejo un poco para conocer el parte.

—Un pico de tensión. Veinticinco la máxima, veintidós la mínima —dice, y yo muevo las cejas como si supiera del tema—. Por lo que sabemos, se sintió mal. Arritmia. Llamó al servicio de emergencia justo a tiempo, porque se descompuso cuando los paramédicos entraron a la casa. En la ambulancia perdió el conocimiento, pero ya pasó —La doctora Rama deja de hablar—. Perdón, ¿usted es familiar de la señora? Creo que llamamos al marido.

Llamaron al ex marido, yo soy la nueva mujer. La corrijo mentalmente. Como en determinadas circunstancias la sinceridad puede ser inapropiada para la salud, entro en el juego, extiendo la mano y me presento como la hermana.

Me arrepiento al instante.

—La cuñada, quise decir. Soy la hermana de él, del esposo, a ver, la tía de la nena, que sería la hija de… ellos —especifico sin necesidad—. Perdón, los nervios… Omar, el esposo de mi cuñada, que es mi hermano, está en camino.

La doctora Rama entiende. Sabe cómo es esto. La gente recibe un llamado del Hospital, piensa lo peor, se preocupa. Me toca el hombro. Dice que la estabilizaron. A mi cuñada. Fue un susto, nada más. En su opinión, no está tomando la medicación como corresponde. También puede ser que reaccione mal a la droga. Hay varias posibilidades. Debería sacar un turno con su médico de cabecera, contarle. Él le pedirá los estudios que crea necesarios. Pero se controla fácil. Parece más grave de lo que es.

—Si quieren, pueden pasar a la habitación —termina—. Está en la cuarta cama. Se despertó hace poco y le va a hacer bien ver gente querida.

Le agradezco. Azul me pasa el celular y va adentro sin preguntar. Me pongo nerviosa, pero la doctora Rama me hace señas, dice que se puede, que la deje, que es lógico.

—Hola, hola… ¡Hola! ¡Qué pasa! —Omar sigue al teléfono.

Lo tranquilizo. No voy a preguntarle si ya está en camino porque no, no está en camino. Le doy el piso y el número de habitación. También le pido que me traiga el pote de helado.

—El porro me dio hambre —digo con una mínima risita.

Omar pregunta qué porro, dos veces. Traé el helado, no te olvides, digo y, antes de cortar, le mando un beso.

Guardo el celular en la cartera. Si me hubiese cruzado con la ex de Omar en otras circunstancias, me habría puesto el teléfono en el escote. Ahora, no.

—Hola —saludo desde lejos—. ¿Todo bien? ¿Necesitás que te compre agua mineral, algo dulce?

—No, gracias —me responde la mamá de Azul.

—Voy a estar sentada acá afuera. Cualquier cosa, me avisan —digo, y me quedo apoyada del otro lado de la puerta.

Y ahí estoy un buen rato, hasta que llega Omar con el pote de helado. Entonces siento unas ganas insoportables de irme. Y eso hago. Me despido con la promesa de vernos al otro día, bajo por las escaleras y tomo un taxi.

 

Diez minutos después, interrumpo la trasnochada sesión de videos condicionados de papá, que baja la tapa de la computadora y se sonroja al verme. Yo le evito el disgusto. Hola, hermoso, le digo, y no le doy un beso seco en la frente porque, en vez de tratarlo como un vegetal, me le subo en la falda, como hacía antes. Le revuelvo los pocos pelos que le quedan en la nuca. Él se sorprende. Sonríe. Le digo que lo quiero mientras lo abrazo. Después me levanto, lo miro y señalo el pote de helado.

—Traé dos cucharitas. Te espero en el patio. Hace calor, pero es una linda noche. :P

 

WALTER IANNELLI

Publicado: 12 abril, 2015 en Walter Iannelli
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Un homenaje a  Walter Iannelli, quien fue profesor, gurú, mentor y amigo. Quien marcó un camino y encausó obsesiones en éste arte que es la escritura. Un recuerdo de Carlos Monti, y toda la redacción de GuKa.

Gracias Carlos.

 

Recuerdo el primer encuentro en su departamento de la calle Rivadavia, verlo detrás del vidrio que se difumina una silueta alargada y gentil, por el interminable pasillo. Y sus libros atiborrando la mesa, escalera, escalones, sillones. En realidad todo el departamento transpiraba literatura. Ponía la pava en fuego y comenzaba a contarme, entre correcciones y párrafos, historias de otros escritores que el también idolatraba. Carlitos me hice escritor por el cuento: El Gato negro de Alan Poe. Tienes que pasar por siete cajones tus escritos, hacerlos reposar a fuego lento y después pensar en publicar.

Muchas anécdotas y tiempos vividos, cuando me sirvió un te chino, que no sé quien se lo había regalo y él me lo entregaba como su máximo tesoro.(En realidad sabía horrible, pero entre nos, nunca se lo habría dicho)Cuando se le inundó el departamento y se le mojaron los libros, se le arruinó la computadora y hasta la heladera no le andaba…me regalo unos libros todos doblados por el agua de su amigo Ramponelli, los cuales atesoro y leo.

Bueno ahí va uno de sus poemas de su último libro: Paradoja Moderna.
 

NENE PONETE LA CAMISETA

 

“Si te vas a leer poesía, Nene

ponete la camisetita.

La poesía es fría Nene,

Ya sé que dicen que calienta el alma

Pero qué alma Nene en la parada del colectivo

Este invierno a las cinco de la mañana.

Ponete la camiseta Nene,

¿Y los guantes?

Cuidate de los versos que cortan

Cuidate Nene de esas palomas

de la luna

del viento

del poniente Nene que se desgrana sobre las

casas como una marea escarlata.

Nene:¿No pensaste en la bufanda?”

 

Un extracto de su arte, Walter seguí escribiendo poemas en las estrellas, hoy la luna ilumina tus letras.

La redacción de Guka también piensa en las bufandas queridísimo Walter.

Antología de narradores de Morón

Antología de narradores de Morón

Libro presentado en algún año de alguna vez de una editora impecable que editaba Walter en uno de sus proyectos.

El libro está gastado pero no en el lugar donde figura tu nombre querido Walter con tu cuento, “Los que vuelven a la casa de Javier” vos estarás siempre presente en la casa de Guka.  Un beso.

GRACIELA ZANINI

Publicado: 12 abril, 2015 en Graciela Zanini
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Graciela Zanini

Graciela Zanini

De Gra, mucho no se puede decir porque demasiado se dijo y su obra excelente con premios de jerarquía hablan de ella, por eso sólo vamos a transcribir algo de “Magna ubre” uno de sus libros de poemas.

 

Las manos temblorosas no por pena o dolor

sino por la inminencia del saqueo

buscan tocar madera. Tocarlo por si acaso.

Proveerse de amuleto que tenga controlada

la pavura

 

A pesar de los ojos pedigüeños,

Persiste la corte de curiosos arrimada a los restos.

Pero el que sufre sabe –como todos- que el rayo

Puede caer dos veces en el mismo lugar.

 

Adelante Graciela… sigamos este año por otro más….

 

Nora Coria

Publicado: 12 abril, 2015 en Nora Coria
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Nos contarán sus fotos de su quehacer solidario, itinerante y en muchos casos hasta desinteresado, gracias Nora por eso estás con nosotros. La generosidad entre escritores es un valor a recuperar… vamos a tender redes…

NORA EN SU TALLER IDENTIDAD

NORA EN SU TALLER IDENTIDAD

Vamos Norita

Vamos Norita

Una niña más con sus alumnos itinerando, vamos Norita… esto nadie lo

Hizo, ah si si Sócrates, felicitaciones

ALGUNAS TAPAS DE SUS LIBROS:

Nora Coria

Nora Coria

Tener un taller, salir a itinerar con él, mostrar jóvenes y no tan jóvenes escritores amateurs, profesionales, en fin. Algunos de sus alumnos han sido premiados en los CONCURSOS DE GUKA y es tan impecable su modestia que NO LEE a sus alumnos y no opina sobre ellos.

Nora no hace orgullo de sus alumnos que, algunos ya están en lo profesional, tampoco funda grupos de choque con otros escritores, hace algo que muy pocos en nuestro medio hacen: tiende redes, esas que hacen que encontrándose en diferentes o distantes lugares de nuestro país, se reconozcan, se apoyen y se ayuden entre ellos, vamos Nora tu trabajo en La Matanza es interesante y en especial muy singular. Sus costos? Bajísimos.

También dicta talleres a distancia, su mail? noracoriabreg@hotmail.com a comunicarse amigos…