CAFÉ CON POETAS, por Claudio Simiz

¿Tomamos un café? Tomar un café es eso. Hablar de los amigos, del pasado, de cine, en fin, en el caso de las mujeres, hablan de hombres. En el caso de hombres hablan de.. en fin, cuando dos escritores o varios toman un café lo primero que surge es “en qué están todos”.
Y todos están en eso, en escribir, en las dificultades para publicar. En fin. Claudio Simiz, habla de los cafés en los que se juntan varios y leen. En esos lugares míticos en los que surge… a veces el pichón de un libro.
Ojalá.

Claudio Simiz
Claudio Simiz

            

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Café con poetas, de Claudio Simiz

El café me ronda, o, mejor, dicho, yo lo rondo, me busco cualquier excusa para tomar uno, generalmente solo, y si es con amigos, más sabroso. No es mera cuestión de infusiones, es otra historia. De todos modos, hay dos amenazas difíciles de conjurar: la música fuerte con la que muchos patrones/empleados creen hacer más grata la permanencia en el lugar  (variopintas estridencias de por medio), y la súbita aparición de algún conocido, sobre todo si viene con alguna consulta/propuesta, cuando uno intenta concentrarse en la lectura o el remate de un poema. Ah, claro, me olvidé de mencionarlo, soy escritor. Y como imaginarán, buena parte de mis amigos tiene algo que ver con la literatura.
Pero no nos adelantemos: lo primero es neutralizar las amenazas: se ha de buscar, frente al barullo antiliterario, el remanso conocido de un café tradicional (aunque hoy no esté garantizado silencio alguno); en última instancia queda el recurso desesperado y casi siempre estéril de pedir al mozo que “baje un poco el volumen”. Frente a los intrusadores del soliloquio creativo, se requiere una operatoria más compleja (si uno no quiere pasar precozmente a la categoría de intratable); lo que me ha resultado más efectivo es una mezcla de prevención (despliego parciales sin corregir y manuscritos otros, apenas ocupo una mesa: “estoy ocupadísimo”) hipocresía (“qué bueno verte, otro día con más tiempo charlamos largo y tendido”) y dosificada crueldad (sacarle un tema que manifiestamente le moleste).
Pero a veces uno se cita con un amigo donde puede y, a la postre, la charla crea el entorno deseado. Con los años, uno va aprendiendo a aprender y las conversaciones con los amigos poetas (con todos, en realidad, pero vamos a focalizar un poco) si uno aguza el oído y la memoria, pueden constituirse en una historia viva, en un derrotero por el más neblinoso e intenso de los territorios. Dicho de otro modo, les propongo pasar revista a algunas de esas memorables cafeteadas porteño/bonaerenses con los cultores/curtidores de la musa versera.
Pero esta nota se me fue poniendo larga. Voy a cerrarla con una evocación breve, pese a lo concurrido de la mesa. Fue en “Los Galgos” (Lavalle y Callao), hace cuatro, cinco meses. Este Bar Notable (así, con título nobiliario y todo) luce gallardamente su ancianidad, sin demasiado retoque ni afeite (mucha madera, caja registradora, en fin); el mozo, chaqueta blanca, bandeja de metal, paso cansino, antigüedad acorde. Yo me había citado con Rubén Sacchi, director de Lilith, que tuvo la buena idea de invitar a otro integrante de la revista y a Luis Benítez. En rigor,  había planeado ver a Rubén a las cinco y media, y una hora después a Carlos Aldazábal, director del espacio literario “Juanele Ortiz”, del cercano Centro Cultural de la Cooperación.
Teníamos que charlar, intercambiar nuestros últimos libros y otras literariedades. Llegó primero Luis Benítez, con el que sostenemos una de esas amistades hondas en su austeridad (nos vemos una vez al año, más o menos); acababa de aparecer la traducción de uno de sus libros al francés, yo tenía en manos mi “Actas…” tibiecito aún, así que decidimos arrancar celebrando con una cerveza fresca. Al rato se sumaron los lilithos, y la charla se puso muy intensa, por momentos discusión abierta, la política despuntando…. Media hora  después cae Aldazábal, que no entendía nada, pero se sentó y se enganchó inmediatamente en la conversa. De paso nos obsequió a todos con su último poemario, más recién nacido todavía que el mío; las cervezas se multiplicaban…
Cuando la cosa iba llegando a su clímax, se acerca el viejo mozo (en el que Borges acaso hubiese “visto” la cifra del viejo Sur) y me interrumpe el intento de pedirle otra botella:
—Siete y media cerramos.
Implacable: verano, sol apenas declinante… pero la frase y la mirada eran inapelables. Nos miramos, no sin cierta consternación, intercambiamos los últimos papeles y comentarios, salimos y la seguimos un rato en la vereda.
Qué quieren que les diga, más allá de los años y títulos, cafés eran los de antes.

  Claudio Simiz

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