PRESENTAMOS A DAVID VOLOJ

Desde el Noa, @Fabiánsoberon.

David Voloj (Córdoba, 1980) es Licenciado en Letras Modernas, escritor,
docente y periodista freelance. Ha publicado artículos y relatos en
distintos medios de Argentina, México y España. Es autor de los libros
de cuentos letras modernas (Mención Premio Municipal Luis de Tejeda 2007), Asuntos Internos (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes 2009) y Los suplentes (2014).

David Voloj
David Voloj

Un cuento de David Voloj

 

Noche de chicas

—Vos no sos mi mamá —me dice la nena de Omar cuando quedamos a solas—.

_Nunca vas a ser mi mamá, ¿sabés?_

Al parecer, la nena quiere conversar. Bien. Me armo de paciencia, dejo el celular en la mesa y la miro a los ojos para indagar en ese cerebrito de diez años capaz de llegar, en pleno desarrollo de sus facultades deductivas, a semejante conclusión. Debería felicitarla, decirle que es una nena muy inteligente, una luz. Si se esfuerza, quizás llegue a ser abanderada de la escuela. Bravo, mi amor, bravo…Tengo el impulso de promover sus capacidades intelectuales respondiéndole que sí, que efectivamente tiene razón, no soy la madre. ¿Lo notaste porque yo soy mucho más joven? ¿Te fijaste en el documento de mami, viste la fecha de nacimiento, sumaste y restaste hasta darte cuenta de que también podría ser la mía? ¿Descubriste que tu papá las dejó, a ella y a vos, para estar conmigo? Qué bien, qué bien. Si tuviera una lapicera verde a mano, te escribiría un excelente en la servilleta. ¿Querés contarme alguna otra cosita? Porque me interesa muchísimo hablar con vos, linda, bonita, preciosa, de verdad, no tengo nada más importante que hacer.

Podría interpelar a la nena de Omar, pero no lo hago, en definitiva, porque pestañea, baja la vista, alza los hombros y murmura algo que no logro oír. Está enojada consigo misma. Pobrecita, la entiendo. Ha sido incapaz de sostenerme la mirada.

El celular vibra. A mi hermana le gusta mi último post.

La nena entra en el limbo mental que suele habitar, se convierte en un ente rencoroso, una bomba de tiempo que puede detonar en cualquier momento. Agarra el tenedor, desmenuza el sushi, empapa el pescado de salsa de soja hasta formar una pasta desagradable que lleva hacia los bordes del plato. Tiene la mala costumbre de jugar con la comida. La vi en más de una ocasión. Ahora, con uno de los chopsticks, comienza a dibujar. Un árbol, una margarita, nubes, contornos de pájaros. Estoy a punto de sugerirle participar en alguna clase de concurso para pequeños artistas prodigio. Tiene cualidades para irritar a la gente.

Al salir del baño, Omar me da un beso en la frente. Me trata como si fuera una tía política en estado vegetativo. Antes de sentarse, le dice a su hija que está mal jugar con la comida. La nena sigue concentrada en lo suyo pero el padre, feliz de haber impuesto orden en la mesa, se sirve más vino y me sonríe.

El celular vibra otra vez. Mi hermana hace un comentario. Dice que la pornografía es una basura de tipos inmaduros. Dice que debería haber una ley para meterlos presos. Dice que no debo engancharme con esos mambos. Todos son igual de enfermos, loca. Después, me pregunta a quién descubrí descargando videitos. ¿Uno de tus alumnos? Esos pendejos están terribles. Le respondo que no, nada que ver. Después te cuento, digo. Ella me manda besos. Fuerza, flaca, hablamos, escribe y, al final, pone una carita feliz con los dos puntos y el paréntesis de cierre.

—Me ibas a contar lo de tu viejo. —Omar retoma la conversación que había quedado en suspenso gracias a la poca elasticidad de su vejiga—. ¿Qué le pasó?

Con la nena en frente estoy obligada a moderar el tenor de las palabras, a usar eufemismos ridículos. Le explico a Omar que el resumen de la tarjeta de crédito de mi papá tenía gastos que yo no había hecho. Le hago el gesto de las comillas con los dedos. “Gastos”. En euros, en dólares, en reales. Sumas chicas, pero me llamó la atención. Muevo los ojos, las cejas, inflo y desinflo el cachete con la lengua, pero él no entiende. Cuando fui al banco a averiguar, prosigo, me enteré de que se trataba de suscripciones a páginas de nternet. ¿Entendés? Páginas “poco convenientes”. Insisto con lo de las comillas. Sitios de contenido no apto “para menores”.

—Es grave, ¿no te parece?

La nena bosteza y Omar me mira como si esperase alguna conclusión, como si hiciera falta terminar de explicarle. No llego a ser lo suficientemente clara, me doy cuenta. Aunque trato de evitarlo, los ojos se me llenan de lágrimas, se me entorpece la voz. Lo mismo me sucedió cuando discutí con papá.

Omar me acaricia las mejillas: soy la tía con coma cerebral que nadie se anima a desconectar.

—Dejame —le digo.

Escucho sus palabras de consuelo. Poné la energía en el trabajo, dice. En los colegios te adoran. Eso es lo importante. Tus alumnos dejaron un pasaje liberado para vos, para que los acompañes al viaje de estudios. Deberías pensar en comprarte una campera bien abrigada en vez de darle vueltas al tema de tu viejo. Pensá que es un tipo grande. Si a esta altura de su vida no puede hacer lo que quiere…

Yo escucho. Entiendo a Omar. Quiere animarme. Con una mirada le hago saber que puede dejar de esforzarse.

De pronto, la nena se ríe. No sé qué puede resultarle tan cómico. El televisor está apagado, nadie contó un chiste. Estoy a punto de preguntarle qué le causa tanta gracia. A ver, contá de qué te reís, dale, así nos reímos todos, quiero decirle. Sin embargo, opto por el silencio. La retórica vacía de las madres histéricas no va con mi estilo.

—Me subleva, Omar, la actitud… —digo—. Me hizo sentir como el… Me hizo pasar vergüenza. La chica del banco se me… se rió. Encima, el muy… injusto, el muy injusto se molestó cuando le pedí las explicaciones del caso. ¿Qué entrometida ni entrometida? Sabés por dónde me paso… Es mi papá, mi computadora, mi tarjeta de crédito. ¿Cómo no me voy a entrometer?

Me escucho a mí misma. Hablo con rodeos, corto las oraciones, empleo sinónimos estúpidos que tergiversan el verdadero sentido de las frases. Hablo así, con propiedad, hablo, en definitiva, como una tarada, cuando en realidad necesitaría mandar todo a la recalcada concha de la lora.

—¿Perdón? —Omar me toca por debajo de la mesa—. En esta casa, flaquita, no nos expresamos así.

¿Así cómo?, estoy a punto de preguntarle, pero me doy cuenta de que mis pensamientos acaban de salir por mis dientes.

—Disculpá —digo—. No me di cuenta.

El calor me sube desde el estómago, se aloja en mi cara. Me cuido de cerrar la boca, aunque lo cierto es que necesitaría gritar, abrir la ventana del piso de Omar y gritar, para que toda la ciudad se entere. Sin embargo acá, sentadita, hay una nena, una princesita divina con cintas rosas atadas en el cabello, un peinado que la madre le ha hecho con mucho esfuerzo para que luzca preciosa durante la visita a papá. Y no es bueno insultar. Porque la nena aprende. Y repite.

—Comé bien, Azul —dice Omar, aunque tampoco ahora habla en serio. Ambos, padre e hija, se ríen: el reto se vuelve aprobación.

Me pregunto cómo puede ser tan obsecuente. Una persona como él, incentivando la vulgaridad, la grosería. No lo entiendo.

—Bueno, papi —asiente la nena, contenta con la complicidad que ha logrado establecer. Acto seguido, pone los ojos bizcos y, con la lengua, se sube un bolo de sushi a las encías.

Cenamos con un mono. Omar larga una carcajada. Restos de comida le salen de la boca, atraviesan la mesa y se depositan en el mantel.

Hay sushi dentro de mi copa.

Apenas puedo contener las náuseas hasta llegar al baño.

El delineador está corrido. Debería resistir el agua, pero está corrido. Ni hablar del rímel. Una porquería. El espejo del botiquín me devuelve un rostro para el olvido. Los ojos hinchados, el semblante pálido. Un horror.

Quiero lavarme los dientes y en el vasito de vidrio encuentro el cepillo de Omar y el de la nena; el mío, no. Reviso el estante, abro los cajones, me fijo en el hidromasaje y al girar, de pura casualidad, lo veo apoyado en la cañería, atrás del bidet, junto al paño amarillo y la botella de desinfectante. Las cerdas gastadas huelen a lavandina y a pis.

La arcada es incontenible.

—Pobre, entendela… Quiso ayudarle a la chica que limpia el departamento y se debe haber confundido —me explica Omar—. Tampoco es para hacer tanto drama. Usá el mío, yo tengo otro en el auto.

—Lo hizo a propósito —me quejo, pero Omar no me escucha.

De regreso al campo de batalla veo un acto que merece el cielo: una nena lleva los platos al lavavajillas, los coloca en orden, pone detergente y enciende la máquina. ¿Alguien aspira a la beatificación infantil? Después, haciendo un esfuerzo sobrehumano, el ángel de la guarda que nos acompaña esta noche quita los individuales de la mesa. Y pasa un trapo con lustramuebles.

—¿Viste cómo colabora? —escucho decir al padre.

—¿Me estás jodiendo? —murmuro.

Cuando me quiero dar cuenta, Omar pregunta qué gustos de helado trae. El delivery va a demorar, aclara, y la heladería está acá nomás, a tres cuadras. Así que tardo nada, dice.

—Chocolate, almendrado y… flan —se apresura a pedir la nena.

—Ok —confirma el padre y cierra la puerta.

Ningún gusto al agua. Solo me consuela imaginar la explosión de acné precoz que tendrá esa carita redonda y sin gracia.

Calculo la hora. ¿Cuánto va a tardar Omar en volver? Son siete pisos por ascensor, veinte metros de pasillo (más un par de comentarios de fútbol con el tipo de seguridad), tres cuadras y media (más el cruce de calles y un semáforo), una cola de cuatro personas en la heladería; el pote irá a la balanza, faltarán veinte gramos, la chica que atiende lo completará, le ofrecerá cucuruchos, alguna salsa. Todo esto de ida, más el tiempo de regreso: convenía esperar el delivery.

Cambio mi estado de facebook.

 

La nena se echa en el sillón. Se llama Azul. Pienso que Azul es un nombre estéril, sin historia. Ella no tiene la culpa. Supongo que la madre habrá mirado el cielo durante el embarazo y habrá decidido llamarla así. Quizás fuese su color favorito. Quizás le guste el mar.

—Prendé la tele —le digo.

Necesito un poco de ruido para quitarme la imagen de la Cenicienta resentida con mi cepillo de dientes en mano.

Siento unas ganas insoportables de fumar. La cabeza me explota. Estoy a punto de terminar con las suplencias en el colegio y apenas ahorré para las vacaciones. Además, perdí la beca en la universidad. No tengo ganas de volver a presentarme. Demasiado papeleo para que después gane alguien más y mejor relacionado. Por otra parte, mi hermana ya lleva seis meses viviendo en España; no vendrá para las pascuas ni para Navidad. No vendrá nunca más.

También está lo de papá, que sigue sin aceptar la muerte de mamá y, para hacer el duelo, no se le ocurre nada mejor que usarme la netbook del colegio y mirar videos porno. Un asco. Ni siquiera sabe borrar el historial de las páginas que visita.

Omar, que debería entenderme, colabora poco. Trabaja cada día más y, los pocos momentos que tenemos juntos, trae a dormir a la nena.

A este ritmo, el gel íntimo se va a secar en el pote.

—En mi casa nunca pedimos comida, ¿sabés? Ni siquiera postre. Mi mamá cocina riquísimo. Hasta el helado hace.

Las virtudes culinarias de mami saltan a la vista. Desde que por fin se separó, tu papá bajó de peso; ahora, al menos, sabe qué tiene debajo del abdomen. Y vos, gordita, si querés que los chicos te presten atención alguna vez, deberías empezar una dieta con menos hidratos. Sugeríselo a mami. Les vendría bien, a las dos. Al menos ella tendría una remota chance de rehacer su vida.

—¿Qué decís? —me pregunta.

—Nada —respondo.

En la pantalla aparece Johnny Bravo. La nena no se ríe. ¿Entenderá los chistes? A mí me fascina. Johnny Bravo, ese patovica animado de mediados de los noventa que solía ver en el televisor de 14 pulgadas que estaba arriba de la heladera, mientras hacía los deberes. A mi hermana le parecía de lo más cómico y a mí me gustaba lo mismo que a ella. Por eso te extraño, estúpida. Me hacés falta. ¿No podías buscarte un novio más cerca? Si no fuese por el acento, el gallego ese hubiese muerto soltero.

—¿Vos tenés siliconas, verdad? —me interroga la princesa que retoza con las zapatillas sucias apoyadas en el sillón de cuero ecológico blanco que compramos con Omar—. Mi mamá dice que tus tetas no son naturales, que no pueden ser naturales. Y que te operaste la nariz, también. Estás toda hecha, dice.

Madre e hija, dos mentes brillantes, dos cráneos que supuran inteligencia.

Con estos noventaiocho centímetros, pendeja, tu papá se entretiene bastante más que con las pasas de higo de mami. Y vos deberías asumir algo de responsabilidad. Tengo entendido que tomaste el pecho hasta los dos años. Que no lo recuerdes es otro tema. Cuando vuelvas a tu casa, pedile que te muestre. Mami aún debe tener las cicatrices de tus dientes alrededor de los pezones.

—No me hables así —digo.

—Vos no me das órdenes. No sos mi mamá.

La situación se repite. No soy la mamá. Soy una tía vieja en el momento previo a expirar.

Si me van a salir hijos como vos, tontita, me ligo las trompas.

—Qué me importa —dice una de las dos.

Voy al balcón por un poco de aire. Me pregunto si estará bien ponerse a fumar, si se dará cuenta. Y si se da cuenta, ¿qué? La podría invitar. Un par de pitadas le vendrían bien para aprender a relacionarse.

Fumo. Veo las estrellas apoyada en la baranda. Abajo pasan autos. Miro el cielo, el mismo cielo que acaso mi hermana, en Barcelona, mira en este momento, no sola, como yo, sino junto a su novio gallego, chico poco interesante pero sin hijos, sin un primer matrimonio en la espalda.

Tardo en escuchar el celular de Omar, que me distrae, y entonces me pregunto para qué tiene un i-phone si nunca lo lleva encima.

—Hola O… —digo, como si hubiese contestado mi propio celular, y me doy cuenta del error al terminar la frase. Entonces comienzo a reírme. Me cuesta parar. Me saltan las lágrimas de la risa, de lo gracioso de la situación. Miro la pantalla y no, claro, no es Omar, es alguien que llama, desde un número privado, para hablar con él. Me resulta aún más cómico pensar que la persona del otro lado de la línea debe haber esperado saludar a Omar de la misma manera que hice yo, aunque no con tanta familiaridad, es decir, le habría dicho Omar y no simplemente O, a menos que se tratase de un pariente, no sé, la madre, el padre, los hermanos, quién sabe; tampoco es muy usual que en las familias se nombren con la inicial, o quizás sí, al menos en mi familia lo hacemos, por ejemplo, con mi hermana (tonta, estás tan lejos) o entre los primos, y ninguno se confunde a F con B, ni a M con MC.

Tengo un acceso de tos y, cuando me recupero, una mujer muy respetuosa se presenta como la doctora Rama, de la guardia del Hospital de Urgencias. Pregunta por el señor y, tras una pausa mínima, dice los dos nombres de Omar. Le cuesta pronunciar el apellido, como si lo tuviese escrito con una letra ilegible, letra de médico, o como si todo apellido con cuatro consonantes juntas, distinto de los italianos y españoles a los que está acostumbrada, le provocara inseguridad.

—No se pronuncia así —la corrijo.

La doctora Rama quiere que le confirme si el número es correcto y repite que habla de la guardia del Hospital de Urgencias. Pocos lugares tienen la capacidad de traerte de vuelta a la realidad.

Me disculpo, no sé bien por qué, pero lo hago. Le cuento que Omar acaba de salir. Se ha olvidado el celular, aunque ya regresa, está acá nomás, a tres cuadras. Sin embargo, a la doctora Rama no le interesa en absoluto la situación. Me lo dice con poco tacto. No importa, o no me importa, algo así alcanzo a escuchar. Luego agrega que su esposa acaba de ser trasladada, en estado inconsciente. Habla de la esposa de Omar y no de la mía, supongo, porque yo soy soltera, pienso con un residuo de suspicacia fumona, aunque no digo nada, como tampoco digo nada con respecto al uso del calificativo inconsciente.

—La mujer está internada, no puedo decirle más. Debería presentarse un familiar directo o responsable, lo antes posible. Cuando llegue, que pregunte por mí —dice y cuelga.

—¿Cómo que internada? ¿Inconsciente? Mire, Omar ya está separado… ¿Qué le pasó? —digo.

Le hablo a un celular mudo, pero mi voz se amplifica, se cuela desde el balcón hacia adentro, llena cada espacio del departamento porque, en algún momento de la conversación, el televisor quedó en silencio. Y la nena escuchó lo que no tenía que escuchar.

 

Azul toma las llaves y corre hacia la puerta. En vano le pido que esperemos al padre. Alcanzo a interponerme para recibir una patada, otra, una tercera. Cuando logro sujetarla, grita. Dice que yo no puedo tocarla, que va a denunciarme al juzgado de menores, que voy a ver cuando el juez me llame a declarar, cuando la policía me pinte los dedos. ¿De qué habla? ¿De dónde saca esas ideas delirantes? ¿Quién acaba de apagar el porro?

—Vas a ir, pero conmigo, ¿está claro? —digo.

En algún momento me puse de rodillas frente a ella. En algún momento, mi mano decidió acariciarle un cachete.

Bajamos. En la esquina, paramos un taxi. Debería hacerlo desviar, pero el chofer acelera por un supuesto atajo y nos alejamos de la heladería. ¿Cómo alguien puede demorar tanto en comprar un kilo de helado?

—¿Y papá? —pregunta Azul.

—Debe estar llegando, no te preocupes —le digo.

En el Hospital hay gente por todos lados. Es un desastre. Los camilleros aparecen de la nada, te chocan y, cuando te piden disculpas, ya están detrás de una puerta o dentro del ascensor. Perdón, se escucha que dicen. Al menos, son educados.

Le tapo los ojos a la nena. Dos policías traen a un tipo bañado en sangre que quiere soltarse. En un rincón hay una señora pálida, con la pierna izquierda enyesada. Está en una silla de ruedas sin la base donde se apoyan los pies. Me hace señas para que me acerque. Quiere que la ayude a salir. Dice que hace una hora que espera. Me agarra la blusa.

—Mire, señorita, no voy a estar teniéndole la vela toda la noche, usted cobra por atender a la gente —me increpa.

Azul me aprieta la mano. Ninguna de las dos oímos los insultos de la mujer cuando la dejamos atrás.

Vamos por el pasillo hasta una segunda escalera. Me pregunto por qué la trasladaron acá. ¿Esta mujer no tiene una prepaga como la gente? ¿Omar la sacó de la obra social? Debemos subir al primer piso y preguntar por el sector de Urgencias o Cuidados Intensivos. Como en realidad no recuerdo bien a dónde debemos dirigirnos, decido parar a quien sea y preguntar si conocen a la doctora Rama.

—Quédense por acá —nos indica la cuarta enfermera que detengo.

Suena el celular. Omar llama. Por fin. Pregunta dónde estamos, qué pasó. Me explica que la heladería estaba cerrada y tuvo que ir a la otra sucursal, que queda en la avenida, donde había un mundo de gente y, para colmo, cuando llegó su turno, lo atendió un pibe, así dice, un pibe, nuevo, que estaba aprendiendo y bueno, le costaba distinguir los gustos. Lo noto nervioso, preocupado. Lo dejo hablar. Cuando se calma, le cuento. Estamos en el Hospital. El de Urgencias. Estamos bien. Le miento, más por la nena que por él, cuando digo que la mamá tuvo una pequeña descompostura. La mamá de la nena, aclaro porque Omar, tartamudeando, pregunta qué le pasó a mi vieja, a la suya, como si fuese la única madre del mundo.

En ese momento aparece la doctora Rama. Le paso el teléfono a Azul y, mientras la nena habla con el padre, me alejo un poco para conocer el parte.

—Un pico de tensión. Veinticinco la máxima, veintidós la mínima —dice, y yo muevo las cejas como si supiera del tema—. Por lo que sabemos, se sintió mal. Arritmia. Llamó al servicio de emergencia justo a tiempo, porque se descompuso cuando los paramédicos entraron a la casa. En la ambulancia perdió el conocimiento, pero ya pasó —La doctora Rama deja de hablar—. Perdón, ¿usted es familiar de la señora? Creo que llamamos al marido.

Llamaron al ex marido, yo soy la nueva mujer. La corrijo mentalmente. Como en determinadas circunstancias la sinceridad puede ser inapropiada para la salud, entro en el juego, extiendo la mano y me presento como la hermana.

Me arrepiento al instante.

—La cuñada, quise decir. Soy la hermana de él, del esposo, a ver, la tía de la nena, que sería la hija de… ellos —especifico sin necesidad—. Perdón, los nervios… Omar, el esposo de mi cuñada, que es mi hermano, está en camino.

La doctora Rama entiende. Sabe cómo es esto. La gente recibe un llamado del Hospital, piensa lo peor, se preocupa. Me toca el hombro. Dice que la estabilizaron. A mi cuñada. Fue un susto, nada más. En su opinión, no está tomando la medicación como corresponde. También puede ser que reaccione mal a la droga. Hay varias posibilidades. Debería sacar un turno con su médico de cabecera, contarle. Él le pedirá los estudios que crea necesarios. Pero se controla fácil. Parece más grave de lo que es.

—Si quieren, pueden pasar a la habitación —termina—. Está en la cuarta cama. Se despertó hace poco y le va a hacer bien ver gente querida.

Le agradezco. Azul me pasa el celular y va adentro sin preguntar. Me pongo nerviosa, pero la doctora Rama me hace señas, dice que se puede, que la deje, que es lógico.

—Hola, hola… ¡Hola! ¡Qué pasa! —Omar sigue al teléfono.

Lo tranquilizo. No voy a preguntarle si ya está en camino porque no, no está en camino. Le doy el piso y el número de habitación. También le pido que me traiga el pote de helado.

—El porro me dio hambre —digo con una mínima risita.

Omar pregunta qué porro, dos veces. Traé el helado, no te olvides, digo y, antes de cortar, le mando un beso.

Guardo el celular en la cartera. Si me hubiese cruzado con la ex de Omar en otras circunstancias, me habría puesto el teléfono en el escote. Ahora, no.

—Hola —saludo desde lejos—. ¿Todo bien? ¿Necesitás que te compre agua mineral, algo dulce?

—No, gracias —me responde la mamá de Azul.

—Voy a estar sentada acá afuera. Cualquier cosa, me avisan —digo, y me quedo apoyada del otro lado de la puerta.

Y ahí estoy un buen rato, hasta que llega Omar con el pote de helado. Entonces siento unas ganas insoportables de irme. Y eso hago. Me despido con la promesa de vernos al otro día, bajo por las escaleras y tomo un taxi.

 

Diez minutos después, interrumpo la trasnochada sesión de videos condicionados de papá, que baja la tapa de la computadora y se sonroja al verme. Yo le evito el disgusto. Hola, hermoso, le digo, y no le doy un beso seco en la frente porque, en vez de tratarlo como un vegetal, me le subo en la falda, como hacía antes. Le revuelvo los pocos pelos que le quedan en la nuca. Él se sorprende. Sonríe. Le digo que lo quiero mientras lo abrazo. Después me levanto, lo miro y señalo el pote de helado.

—Traé dos cucharitas. Te espero en el patio. Hace calor, pero es una linda noche. 😛

 

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