ERNESTO FAUSTINO URTUBEY

Lo conocimos entre esos amigos desvelados de FB y nos contactó,

aquí una muestra de lo que hace…  apenas una muestra


Bs. As., 1968. Posee un vasto curriculum como escritor, poeta y narrador, es Platense y también nos llevaría el número completo desplegar su actividad como docente, periodista, a veces político (Guka es democrática, y no pregunta demasiado); pero sí se ha dedicado a la docencia y en la Ciudad de la Plata también ha desempeñado cargos en la Dirección de Educación. Va aquí un fragmento y una muestra de su obra, Aaaaahhh y una foto, porque además por foto parece un hombre apuesto, lectoras de GUKA. Ernesto Faustino Urtubey                                                                            Ernesto Faustino Urtubey

 EL DESIERTO

      Inevitablemente al bajar del transporte, el distinguido pasajero de afianzados conocimientos, se convirtió en un incómodo forastero transeúnte, un extraño de a pié que llevaba en su mano derecha un papel con una dirección. No eran ese cielo ni esos resplandores del sol los que él había conocido en su lejano país. Por eso  mismo los colores del día y las sobras del crepúsculo, eran, por primera vez, absolutamente extraños y bellos. No sabía exactamente por qué pero lo invadía de inquietud ese mundo absolutamente irreconocible, despojado de sus referencias al otro lado del océano. Pese a ello, lo innegable, lo real y poderosamente cierto era que minutos antes de descender a tierra había caído bajo el embrujo de una poderosa atracción que nacía de los ojos de una joven vendedora parada allí, en el mismo muelle por el que pasaría el ilustre desconocido.  Y antes de que ella le dijera que su nombre era Amalia, él ya se encontraba perdidamente enamorado.

Mientras comenzó a caminar, las gentes que lo rodeaban por esas calles sugerían la idea de pertenecer a un ballet sincopado llamando la atención, incluso al extremo de sentirse en el incómodo papel de ser el único que no caminaba como ellos. Pero no era más que una primera reacción ante lo desconocido, de lo evidente al extremo de atinar que nada se encontraba en el lugar que creía corresponderle a cada cosa. Porque la verdad era que la mitad de los hombres adultos que  se encontraba por aquellos tiempos en Buenos Aires eran extranjeros recién llegados. De manera que decidió caminar como lo había hecho siempre sin dejarse llevar por esa rítmica marea de cadencias extravagantes que ejecutaban los lugareños. Así y todo, no se advertía en él perturbación alguna en el pulso que imponía a su andar, a pesar de que cuando comenzó a recorrer las calles quedó atrapado bajo mil ojos que seguían sus movimientos en riguroso control. Sin dudas no lo advertía o tal vez sería que no le preocupaba en lo más mínimo y lo consideraba normal, después de todo, él había estado en una de las guerras más sangrientas de Europa. Sí le despertó naturalmente un gran regocijo saber que su destino era un lugar habitado por gente alegre y de buen comer y beber. Por eso, mientras recorrió las calles del barrio marinero y proletario de La Boca alcanzó a pensar qué poco le costaría convertirse en uno más de esa multitud variopinta de argentinos que habitan la zona portuaria especialmente claro, después de haberla conocido a ella, Amalia una criolla de verdad.

Luego de la tercera ochava giró hacia el desierto y entonces fue cuando se encontró con la casona de los socios de la Sociedad Liberi Pensatori donde debía presentar sus credenciales y documentos. A sólo diez centímetros del pesado pórtico se detuvo marcialmente y golpeó dos veces sobre la madera logrando que resonara como un lejano cañonazo en el interior del edificio. Una espontánea suspensión, apenas un minuto pero interminable,  crujieron las antiguas vetas del madero y un clac metálico de la antigua cerradura despejo el ingreso  excepto por la presencia de un mulato sobreviviente de la guerra del Paraguay que le hizo una seña de bienvenida y lo acompañó hasta el patio principal coronado por añosas higueras. El viejo y estropeado sirviente le indicó entonces que tomara asiento justo bajo las sombras del parral. Inmediatamente una niña morena de largas y oscuras trenzas apareció con la suavidad de un ángel que jamás alcanzará el suelo y le convida el primer mate de su vida. El alemán se quedó solo largos minutos en aquella galería fresca y luminosa, que en sus paredes recibía los reflejos del sol a través de las plantas. El silencio, la ausencia de otras personas que pudieran circular por ahí, le produjo un sutil aletargamiento hasta que decidió apoyarse en la pared como la sensación de ser el regazo de su madre y se quedó, como cuando niño, profunda y dulcemente dormido.

Cuando volvió en sí, descubrió que se hallaba sentado en un mullido sillón en el interior de la casa y que se encontraba vestido con otras ropas y calzado nuevo. Mientras los últimos destellos del sol de la tarde ingresaban oblicuos, casi paralelos al suelo como en todas las construcciones que pueblan las grandes llanuras, en ese inminente instante, como lo es en todo comienzo de una vigilia, el extranjero abrió decididamente sus ojos y lo vio,  identificó una sombra humana a contraluz  que estaba allí presente sin saber desde cuándo.

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3 Comments

  1. Por unos minutos crei mi historia del extranjero… Una narrativa muy atractiva por su forma sencilla de vizualizacion
    y entendimiento de lo que alli se describe

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