OMAR TOJO (Argentina)

POROTA

En el verano de 1970 mi padre nos llevó de vacaciones al Paraná Guazú, frente a la costa de Entre Ríos. No es que habiendo tantos lugares eligió ese porque sí, sino que debía cumplir con su amigo Iván, que necesitaba ir a ver a su familia a Mendoza. Iván era buen pescador y nos había dejado a mano todos los implementos de pesca. Así fue que, al poco tiempo de estar allí, empezamos a pescar bagres, bogas, doradillos y surubíes. A mi padre le encantaba salir en canoa. Una tarde preparó los anzuelos y nos fuimos. Al regresar encontramos una gallina revolcándose de dolor. Se había clavado un anzuelo. Mi padre la levantó en brazos, la llevó adentro de la casa y la recostó en la mesa. Con muchísimo cuidado le quitó el anzuelo y le untó la herida con aceite. No sé si lo que la curó fue el aceite o qué, pero al otro día, cuando despertamos, vimos que la gallina nos estaba esperando en la puerta. Como se encariñó con nosotros, la adoptamos de mascota y la bautizamos “Porota”. A donde íbamos, Porota nos seguía. Quizá por eso nos sorprendió aquel domingo al caer la noche. Volvíamos de pescar y, al acercarnos al muelle, la encontramos esperándonos en medio de la oscuridad con un farol encendido.

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