MARÍA DEL CARMEN COLOMBO

Integró el Grupo del Ladrillo, tiene varias publicaciones y premios. Los siguientes textos fueron

María del Carmen Colombo

incluidos en La familia china, publicación de Hilos Editora.
Los chinos no cuentan, ellos cantan: “Nosotros no contamos,/ no tenemos palotes,/ palitos sí pero son/ para comer”. Y después dan un paso hacia atrás, un paso de puntada, porque son puntillosos y cumplen su palabra (interpretan la letra de sus dichos con los pies).
A veces su voz efímera se corta por lo más delgado. Como si un golpe de tensión los detuviera en un instante eterno, se quedan, entonces, velados. Y cuando retoman el vertiginoso ritmo del canto, a nadie saben decirle en qué escena de película muda quedaron atrapados.
La voz de los chinos se tensa tanto al cantar, que parece que lo hicieran en puntas de pie. Así, elevados por alguna misteriosa certidumbre, desgranan unos sonidos finos, casi inaudibles, similares a los de una flauta en fuga.
Hasta que al fin desaparecen, llevados por el viento, que los amontona en los perdidos recovecos de sus aposentos.

Habla ahora el hijo mayor, que soy yo. El deseo de mi padre hizo de mí un caballo. Infatigable movimiento a través de la planicie, nunca me detuve.
“El que de joven no trota, de viejo galopa”, decía él,  y yo, como hijo obediente en seguimiento, encontré conducción, la de mi padre, claro, que desde el cielo, como un dragón de fuego, sostenía mis riendas.
Yo per severo, padre severo: lo dejé hacer en mí. Per-severé hasta el cansancio entonces, galopando por el recto camino. Aunque, lo reconozco, muchas veces de reojo codiciara la quietud de las vacas tumbadas en la seda verde de los pastos. Pero era otra mi docilidad, otra mi servidumbre. Además,  ese aliento de mi padre soplándome la nuca me llevaba a huir hacia adelante. Y, ya se sabe, cuando el  influjo de un hombre sobre otro se manifiesta allí, justamente en la nuca, no hay conciencia que pueda ni provocarlo ni impedirlo. Nada dice tampoco de una posible dicha o probable desdicha el que un espíritu obre en otro, espíritu sensible, como lo hizo mi padre en el pasado.
Falta no existe entonces, mucho menos de qué arrepentirse.
Si es verdad que todo sentimiento del corazón induce a un movimiento, sólo puedo asegurar que el trote y el galope fueron como los ritmos diferentes de un solo y mismo sentimiento: el amor a ese hombre que en mi nombre resuena.

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