HILDA GUERRA

Hilda Guerra en su juventud

Hilda Guerra Es escritora, periodista y música. Integró la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto. Fue distinguida con el Premio Casa de las Américas, la Faja de Honor de la Sade y recibió una mención especial de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Algunos de sus libros son: La Rosa Negra (Catálogos), Las Palabras (poemas, Torres Agüero, En la fuente de los bailarines (novela)y El padre en las letras de tango (Informes del Sur), Sin tiza ni pizarrón (novela, Prensa). Los poemas de Mate de Tango (Corregidor) son la continuación del poemario Sabés cómo siento a Buenos Aires (Torres Agüero). Es coordinadora de talleres literarios en universidades y en centros culturales de todo el país, con el objetivo de «crear multiplicadores».

El número

Pensó en el escriba Carver, en «Los 400 golpes», en los dos mil euros, la necesidad. La obsesión, el poco espacio, los bordes, los puntos, la longitud, las matemáticas: con las que nunca me llevo, no. NO. Fue al grano, iban cuarenta y cuatro.
Nunca la había perturbado la hoja en blanco: me exaspera el límite; la hoja alba es la inmensidad, el juego perpetuo, la anchura.
Peleaba y peleaba con la asignación, la discriminación, la tutela, el arbitraje académico y la mar en coche.
Lejos de sentirse sola por la falta de coincidencias, entendía más y la entendían menos: ¿Y la franja de Gaza?, la palabra «límite» no debe existir –afirmó. Ya iban ciento dieciséis.
Al dieciséis le tenía mucha inquina porque su madre había muerto un dieciséis, y el cien no le gustaba porque tenía aprehensión a los ceros –enfatizaba: No es lo mismo si van adelante o atrás. ¡Y todo por las convenciones! En general se llevaba mal con todos los números.
Admiraba a García Márquez, pero le reprochaba su trabajo de periodista. El cineasta   Truffaut la seguía inspirando, pero convenía en que hacía mucho tiempo había dejado de usar la máquina de escribir.
A ella le reprochaban no trabajar en algo seguro: viviré en la vía antes de ser docente,  atarme a los copetes, o limitar las palabras. Ya iban doscientos veinticuatro: ¡Otra vez  el cuatro! ¿Qué querrá decir?¡No afligirse: queda resto! Iba a juramentar su amistad con los paréntesis, las  matemáticas, encuadres de cámara y demostrar su distinción por el pequeño ángulo que deja la sombra de una hoja.
Su  familia no entendía en qué empleaba el tiempo, ella sabía hacer sus cálculos y hacer valer sus treguas: defiendo a ultranza la pensión del escritor ¡por si alguna vez me toca!
No tenía problemas con los graffiti, símbolos, marcas del tiempo, pancartas, géneros mezclados. Reía con la piratería de las leyendas. Veneraba las utopías en general: acaso no son una mixtura de utopías y emblemas Obama ganando el Nobel de la Paz o «¡A la Argentina no llega la crisis mundial!»
Se preguntó si los ángeles de Marechal no habitaban Buenos Aires junto a  los demonios siempre dispuestos a activarse, y comprendió su tiña al margen: no es lo mismo que márgenes.
Ese silencio de algunos, ese borde sin analizar podía significar: si desaparecieron por algo será. Iban cuatrocientas palabras; la minificción que olvidó enviar a concurso.

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